Sentado a una mesa con la barbilla sobre la palma de la mano, el tupé ladeado de color castaño, el mohín de determinación burlona, el aire de bohemio conspicuo. ¿Y entonces? A una importante porción de viejecitas se les depara el sino de acabar convertidas en viejecitos: hombrecillos decrépitos con bragas y camisolas. Menos frecuente es que se dé el proceso inverso, pero allí estaba Ananías, una hembra decrépita con traje y corbata. Una gallina vieja y correosa con calcetines con ligas y zapatos de hombre de cuero negro. Hasta los hombros, rígidos y retraídos, eran femeninos. También mostraba ese dinamismo que algunos dicen admirar en las señoras entradas en años. Sólo en las frondas boscosas de las cejas se percibían las cargas y los cálculos del hombre.
pág. 188. La Casa de los encuentros. Martin Amis. Anagrama.
jueves 22 de mayo de 2008
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